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Vasos argentinos (2000)

Claudia Contreras, 2000.

Objeto. Caja de luz, vasos de cristal, agua, radiografías dentales.

22 cm x 65 cm x 22 cm.

Recorrido de obra:

Primer Salón Premio Banco Nación, Centro Cultural Recoleta. 2000.

Muestra Retrospectiva “Complicidad cotidiana”, Museo de la Memoria, Rosario, Sta. Fé. 2005.

Muestra Retrospectiva “Complicidad cotidiana”, Museo Histórico, Casilda, Sta. Fé. 2005.

 

 

Texto de la artista

Claudia Contreras, Diciembre de 2000

Nací en 1956, soy de la generación de los desaparecidos, mi  obra trata de una historia cercana. Y de un profundo dolor. Tenemos cuerpos que no aparecen en ríos de injusticia.
Son heridas que no cierran en el presente, y que no cerrarán en el futuro sin  justicia.
Creo que el arte  puede ser además de contemplativo, activo en  la reflexión, desde allí  encuentro la importancia de la recuperación de la memoria como  un trabajo responsable,  intentando reparar el tejido social desgarrado, roto por la violencia del Terrorismo de Estado, y por las decisiones político - económicas, de los sucesivos gobiernos democráticos post-facto.
 
El año pasado mientras trabajaba en un proyecto para el concurso de escultura del Parque de la Memoria, encontré  piezas de vajilla del Ejército, Penitenciaría y Fuerzas Armadas Argentinas, en un local de venta de rezagos, conseguidos en remates de material gastronómico.
 
El encuentro con esta vajilla me enfrenta con una nueva materialidad, donde la cualidad de los materiales elegidos, adoptan una diferente capacidad parlante. Intentan cuestionar la representación de una realidad política y de un contexto social.
 
Me refiero a cierta violencia argentina, que nos involucra cotidianamente, en una realidad donde hasta, el presente permite la siniestra convivencia de las víctimas con los victimarios.
 
Estos vasos como señales, se transforman en cuerpo y territorio de una degradación social explícita.

Parodia sobre la violencia y el miedo, sobre un ámbito de destino, del que todos somos sobrevivientes.

Estos vasos servían para contener líquido, permitiendo la función vital, mientras sus propietarios eran también los dueños de la vida y de la muerte, y desde su aparente imagen de inocencia, forman parte de cierta arqueología perversa. El soporte solo intenta echar luz sobre esta temática de penumbra, las radiografías dentales aparecen como materiales fósil – guía, ayudando a establecer ciertos  territorios de identidad, como preguntas permanentes.

Crítica

Rastros de la ausencia. Sobre la desaparición en la obra de Claudia Contreras Lic. María Laura Rosa (Univ. Complutense de Madrid/IIEGE UBA)

El gran tema del arte occidental es el estudio y la representación del cuerpo humano. Desde su constitución en canon del sistema de las Bellas Artes, su reformulación por parte de las vanguardias artísticas o su reinvención a partir de las tendencias que enfatizan lo artificial en el arte más actual; la representación de la figura humana refleja problemáticas sociales, políticas y culturales en diferentes momentos de la historia de Occidente.

            Cabe preguntarnos entonces cómo puede el arte hablar del genocidio. ¿Cómo reflexionar sobre un proceso que tiene a los hombres como centro de la planificación del exterminio de otros hombres?. ¿Con qué pericia tratar el tema del brutal proceso de fragmentación y disolución de la identidad hasta llegar a ser sólo un número citado en un expediente, o finalmente una huella: el recuerdo de la existencia de un sujeto en la memoria de quienes lo conocieron?.

            A partir de la obra de la artista plástica Claudia Contreras (Buenos Aires, 1956) analizaré el proceso de disolución de la figura humana hasta llegar a la huella, a los rastros que documentan la desaparición forzada de personas durante la última dictadura argentina.

            Inicio el recorrido con la instalación Almas que la artista exhibiera en el Centro Cultural Borges, en 1998. Allí plantea siluetas femeninas que llevan bordadas en sus genitales símbolos de la patria. En el año 2000 la artista presenta para el premio Banco Nación la obra Vasos Argentinos y ese mismo año lleva a cabo la exposición Cita envenenada en el Centro Cultural Recoleta, ambas realizadas con vajilla de la Escuela de Mecánica de la Armada. Lo cotidiano se vuelve siniestro, los vasos contienen dentaduras, los platos exhiben trozos de cuerpo, todos rastros de la violencia y de la memoria. Finalmente en el 2001 Contreras realiza la obra Remover cielo y tierra: un ábaco realizado con el papel de la CONADEP.

La presencia del sujeto en la obra de Contreras se va disolviendo hasta pasar a ser simplemente la huella final, número de una lista, rastros de una ausencia.

La historia del Siglo XX refleja en varios momentos el tránsito por los abismos de la

muerte y la destrucción. Planificado por el hombre, el exterminio funciona como forma

de eliminar a los otros molestos: los diferentes étnicos, ideológicos o religiosos.

No debemos olvidar que una de las formas más inhumanas del sistema concentracionario era el afán de borrar el rostro y el nombre, por tanto la identidad. El número pasa a ocupar el elemento distintivo del individuo, pero a la vez, éste se pierde en la cuenta infinita dentro de un inventario.

Si a lo largo de la historia, el arte occidental busca crear un canon de cuerpo universal a la vez que estudiar las individualización del rostro, en el sistema de exterminio el rostro se desfigura, se deforma, mientras que el cuerpo es el lugar de la catástrofe radical: allí se inscriben las torturas y vejaciones, piel de la memoria del sufrimiento.

El infierno es el lugar en donde los seres humanos pierden su luz, sus colores, sus formas, sus rasgos y se transforman en masas errantes de murmurantes. Ese espacio se define por la opresión y el encierro. Allí el sujeto es expulsado de su existencia cotidiana para someterlo a una existencia abyecta, es decir, en donde ni tiempo ni espacio, luz y tinieblas, objeto y sujeto son diferenciados.

Según Julia Kristeva[1], lo abyecto es definido como aquél acto de revulsión, de expulsión de lo que ya no puede ser contenido. Mientras que para la autora la expulsión de la que habla refiere a la existencia, el campo de concentración, en cambio, busca borrar los límites entre vida y muerte. El sujeto se ve acechado constantemente por la muerte, hasta llegar a desearla, según testimonios de algunos sobrevivientes.

 

Estoy sola

Me asomo al agujero de tus ojos

Y estoy sola

Y no puedo correr

Porque no tengo vuelo

Y quiero gritar pero no hay salida

Estoy sola sobre el mar

Y no tengo pies para nadar el sueño de tus manos (...)[2]

 

La perversión se establece como sistema y el cuerpo es su presa, la identidad se pierde y la presencia física, transformada en manojo de carne y huesos no demandará de un entierro digno. Como los animales en el campo, el cuerpo se lanza al río o se deja oculto a la espera de la putrefacción.

El único rastro de que un sujeto pasa por un determinado campo de concentración termina siendo su número de expediente, su número de documento o el recuerdo de algún compañero de celda. Rastros de la nada, de un viaje por el infierno.

 

Para hablar del sufrimiento y la desaparición de sujetos durante la última dictadura militar en Argentina, la artista plástica Claudia Contreras (Buenos Aires, 1956) recurre al símbolo y al silencio.

La artista se acerca a la temática de los desaparecidos con el objeto de desentrañar la cadena de complicidades que permitieron los mecanismos perversos constituyentes de esa historia negra argentina. Así señala: “Yo no militaba [en los ‘70], yo estudiaba Bellas Artes y trabajaba todo el día (...). Pasaban cosas en la ciudad muy duras que yo veía que pasaban pero hacía lo mismo que el resto de los argentinos: miraba para otro lado. (...) Todos sabíamos (...) había una complicidad civil, de la cual el más claro ejemplo fue la apropiación de niños. Un bebé que es apropiado nació en la clandestinidad, entonces había una partera que era cómplice, un enfermero que era cómplice, un portero de ese hospital que era cómplice. Y a la casa de militar o de cualquier familia usurpadora, había un portero que vio entrar a una mujer con un bebé y que durante nueve meses no le vio la panza, familiares que aceptaron con naturalidad esta situación (...) Hubo una cadena de complicidades”[3].

            En 1998 Contreras presenta en el Centro Cultural Borges la instalación Almas, en el marco de una muestra en conjunto con la artista Cristina Piffer[4]. En almas se pone de manifiesto la problemática de los desaparecidos en la obra de la artista. Grupos de cuerpos realizados con perchas metálicas para exhibir trajes de baño y ropa interior, aparecen colgando de resortes. La entretela que los tapiza, transparenta motivos que conforman una anatomía interior.

            La artista dibuja en papel vegetal -al que luego bordará- glándulas del cuerpo situadas a la altura del corazón, las que conectan con zonas genitales. En estas últimas se ubican dibujos bordados de portales de edificios, iconos del poder político de nuestro país: la Casa de Gobierno, la Casa de Tucumán y la Escuela de Mecánica de la Armada.

            El ejercicio de coser y bordar es, por un lado, recordar la actividad familiar de la artista, hija y nieta de modistas y por otro, reivindicar dentro de las Bellas Artes una actividad frecuentemente denostada en ese ámbito. Para Contreras el trabajar con la aguja y el hilo es un acto reparador frecuentemente empleado en sus trabajos.

            La transparencia de la piel deja ver esta anatomía y permite que la luz penetre, generando sensación de fragilidad. Como cuerpos que no han sido enterrados, sus ánimas entran en movimiento a partir de la respiración y del propio caminar del espectador.

            La arquitectura del poder que se levanta en las zonas genitales son metáforas de la corrupción y el dolor de nuestra historia, de la manipulación política y de la degradación de nuestras instituciones.

            En el año 2000, Claudia Contreras encuentra en un bazar de rezago una vajilla completa con el logotipo de las Fuerzas Armadas. Este material dispara en la artista nuevos trabajos. Ese mismo año presenta en el Premio Banco Nación la obra Vasos Argentinos.

            La artista coloca una serie de vasos sobre una caja acrílica de luz. Parte de la caja y la pared es pintada de azul, el mismo color que emplea para el agua que contienen los vasos. En su interior, una placa dental dentro de cada uno, vuelve siniestro el brebaje.

            La presencia del cuerpo desaparece, su lugar es ocupado por una placa dental. El azul del agua recuerda el destino que correrán los cuerpos: flotar hasta ser tragados o expulsados por el Río de la Plata. Su identidad será determinada gracias al equipo de Antropólogos Forenses de la Universidad de Buenos Aires, los cuales emplean las piezas dentales como último recurso para acercarnos a la historia de ese “resto”.

            La perversión busca borrar todo pero siempre queda un último recurso, una huella de la nada, silenciosa, solitaria que da esperanzas para el reconocimiento de esa historia.

Por otro lado, la artista trabaja con materiales que vienen de la vida cotidiana: la vajilla que participa de la actividad diaria de la alimentación se transforma en un objeto siniestro, portando la memoria del horror.

                        “Siempre me da miedo que la obra sea mal entendida [señala la artista] antes de hacer la obra investigo mucho y luego tengo mucho cuidado. (...) El arte tiene que ver con la vida, si uno trabaja estos temas como si estuvieran paralizados en el tiempo lo llena al espectador de angustia que no lleva a nada y la obra se cierra en sí misma. (...) Yo busco que la memoria esté en constante construcción, como es la identidad, algo en permanente cambio. Yo tengo esa idea de memoria e identidad”[5].

            Trabajar estos temas desde nuestro propio tiempo histórico nos permite estar alerta también a lo que pasa hoy, a los desaparecidos de la democracia, a los abusos del poder, a las diferentes argentinas que componen la Argentina, al autoritarismo instalado, la censura y el dolor que continúan. Lamentablemente estos hechos no fueron sólo del pasado, persisten en el presente como espada de Damocles.

            Sostengo que es imposible reconstruir la atmósfera de terror, persecución y dolor de aquellos años. La memoria es de todos y de cada uno, las vivencias son propias. El arte nos puede ayudar a transitar poéticamente ese pasado de dolor desde un presente cruel y atravesado por aquella historia irresuelta. El arte nos puede ayudar a cortar la ceguera.

            Al año siguiente, en el Premio Banco Nación II la artista presenta la obra Remover cielo y tierra, un ábaco formado con el papel del listado de desaparecidos de la CONADEP. Cada cuenta del ábaco muestra un nombre y número de documento, últimos datos de un expediente, de un relevamiento documental.

            Lo lúdico del contar y jugar se transforma en el recuerdo de la suma de desapariciones y muertes de nuestro país.

            La obra de Contreras atraviesa un proceso de desmaterialización: desde aquellos trabajos en donde el cuerpo aparece a través de una silueta y su sombra, luego el cuerpo es un registro en rayos X, hasta desaparecer en un expediente. Las huellas pasan de lo corporal a lo numeral, pierden presencia, se desmaterializan en un registro. ¿Cómo hablar de la desaparición sino con sombras y números?.

            La artista investiga la temática del ábaco en diversas culturas, descubre que en Oriente los ábacos son divididos simbólicamente en cielo y tierra, de allí el nombre de la obra, el cual también alude al “(...)trabajo de las Abuelas para encontrar a sus nietos”[6].

            Toda la obra de Contreras expresa un homenaje al trabajo femenino y en particular en las obras comentadas: ya sea empleando las labores de la aguja, eligiendo materiales que se relacionan con el mundo de lo cotidiano o citando la lucha de las mujeres en busca de justicia, pero estas citas son sutiles, casi introvertidas.

La limpieza de las formas, el manejo de la luz hacen olvidar lo cruel de las cuentas. El espectador atento puede relacionar título con listado, pero no es la evidencia lo que juega en las obras de Contreras. El conceptualismo de la artista es de una calculada y aguda poesía.

            La historia Argentina se refleja como un tránsito de ausencias y de desdichas, hay dolor contenido en el ábaco, es justamente el nombre la huella que revive la memoria. Pero esa memoria se actualiza constantemente en la injusticia del presente. No son huellas del pasado, sino del presente.

 

Sentado al borde de una silla desfondada,

Mareado, enfermo, casi vivo,

Escribo versos previamente llorados

Por la ciudad donde nací.

 

Hay que atraparlos, también aquí

Nacieron dulces hijos míos

Que entre tanto castigo te endulzan bellamente.

Hay que aprender a resistir.

Ni a irse ni a quedarse

A resistir,

Aunque es seguro

Que habrá más penas y olvido.

Juan Gelman, Mi Buenos Aires querido.

 

Texto presentado en ponencia del Instituto Interdisciplinario de Género.

Coloquio sobre Género y Política de los años 70

2006  – Museo Roca – Bs. As.

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[1] Kristeva, Julia: Poderes de la perversión, ed. Catálogos, Buenos Aires, 1988.

[2] Poema de Agustina María Muñiz Paz, secuestrada y desaparecida el 21 de abril de 1976 a los 27 años, poema publicado en Desde el silencio. Escritos de jóvenes secuestrados desaparecidos durante la dictadura, ed. Documentos Página /12, Buenos Aires, 1984, pág. 63.

[3] Entrevista realizada por la autora a la artista el 17 de mayo de 2006 en Buenos Aires.

[4] Como carne y uña (cat. expo), Centro Cultural Borges, Buenos Aires, 1998.

[5] Entrevista realizada por la autora a la artista el 17 de mayo de 2006 en Buenos Aires.

[6] Entrevista realizada por la autora a la artista el 17 de mayo de 2006 en Buenos Aires.